Mil más

¿Sabéis esa sensación de no tener nada que decir?

Tres de enero, cinco kilos de más, unos cuantos euros de menos, paquetes, reencuentros, vistos y no vistos. Lo que trae la Navidad. A mí me sigue gustando eso de que pensemos propósitos para el nuevo año; me da igual que nos duren el día de resaca del uno de enero y después los olvidemos. Me gusta la ilusión del veinticinco de diciembre reunirnos en familia, encontrarnos cada año en la misma casa, que se vayan uniendo pequeñajos a nosotros y que mantengamos las mismas costumbres.

Aprendí hace unos meses que las personas podíamos hacer una historia de cada segundo que vivíamos; que hay aquéllos que van a comprar el pan y cuando vuelven a casa tienen miles de detalles que contar y que hay aquéllos, también, que van a la mejor fiesta de la ciudad y siguen sin encontrar la magia del momento. Hay aquéllos que son capaces de andar hablando horas y aquéllos que prefieren escuchar. Están esos que no se saltan una coma y esos que, cuando hablan, es porque se trata de un “caso de extraordinaria y urgente necesidad”. Las reuniones de Navidad son mucho de eso, de ver a amigos de toda la vida que después de veinte años siguen contando sus historias de la misma forma y familiares que callan pero sonríen al escucharte, eres feliz.

*Cada día debería ser nuestra aventura, nuestro darnos enteros al mundo; encontrar nuestras propias innovadoras historias en esa misma calle que siempre andamos. Ojalá cada día  pudiéramos emprender un viaje distinto, se nos ocurriera una idea de negocio nueva, compusiésemos una canción o nos enamorásemos, mismo. Aunque posiblemente es algo difícil, así que mejor busquemos ilusión en los días corrientes. Odio los rincones, los silencios envidiosos y las palabras que se quedan dentro, que se quedan sin decir. Odio además las historias que nos montamos por las noches antes de dormir; las odio, porque al final son tan nuestras que se hacen mentira. ¿Y si convertimos todas esas ideas de insomnio en proyectos para el día siguiente? O mejor, ¿por qué no salimos entonces de la cama y comenzamos a darle forma en ese mismo momento?

“¿Qué me dices de los silencios?”

Siempre que pienso en una larga conversación pienso que tendrá que llegar el silencio en algún momento; gracias a las palabras conocemos su sentido. Cuántas veces habré escuchado hablar de ese tal “silencio incómodo”. ¿Por qué incómodo? ¿Por qué no sabemos respetar los silencios? Cuando nadie habla también hay aventura, cuando estamos solos en nuestra habitación también hay historia, cuando nos encontramos cara a cara con nosotros mismos hay aprendizaje. Cuando buscamos miradas sencillas y sinceras, debemos dejar los comentarios para luego. Hablar mucho para saber encontrar los silencios, y aprender a reconocer cuándo los necesitamos. Aquéllos que se quedan paralizados cuando no saben qué decir: tranquilos, que no hay necesidad, que seguramente no hay nada más que decir. Encuentro a menudo la confianza en el silencio. Un paseo con tu mejor amiga sin decir nada puede llegar a ser fantástico, también.

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Pero sin duda, hablar mucho para respetar las palabras. ¿Sabéis esa sensación de no tener nada que decir? No sé si a todos nos pasa en algún momento de nuestras vidas, si es algo normal de ciertas edades, si hay que tomárselo como un mal día pero a muchas personas les pasa con frecuencia. Esos días llegan por sorpresa; en los que sientes algo, pero no sabes describirlo. La frustración te hace temblar; decides no salir de la cama. Cuando echamos en falta las palabras, algo raro pasa. El día parece más claro pero no puedes reconocerlo, quieres que la lluvia te empape o que te abracen y que te dejen en paz a la vez. Para colmo la guitarra suena fatal. Quieres que se acerque tu mejor amigo a explicarte qué te pasa pero te frustras más cuando ves que él tampoco es capaz de saberlo. Sabes que quieres una copa pero no sabes exactamente qué pretendes olvidar. Y la rabia atrapa hasta el día en que la palabras parece que vuelven. No te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes, ¿no? Es entonces cuando te das cuenta de la necesidad de tus palabras, cuando no salen, cuando no se encuentran, cuando ninguna va contigo.

¿Y si nos proponemos todos para este año hablar un poco más? Decir tonterías, hablar de banalidades, sobre lo que somos, lo que hacemos. ¡Hablemos para conocernos! Por mantener las costumbres, no sé. Por seguir teniendo una excusa para encontrarnos todos los años. Para vivir cada detalle como una nueva aventura, un nuevo destino, una nueva historia. Mi nuevo motivo para seguir compartiendo. Es que, en el fondo, me da pena que ya nos neguemos a pensar en nuevos propósitos en Nochevieja. Feliz año nuevo.

“Lo bueno de todo es que, al final de cada nueva aventura, siempre habrá alguien esperándonos”.

A.-

Llegó, quemó

Me contaron historias que  

eran para no dormir pero sobre sueños que 

hablaban en susurros… hasta niveles que

 a veces, encontrábamos al llegar a Silencio; que

yo mezclé con el carisma que

 te acompañó todo aquel tiempo en el que 

paseábamos sobre lo que fuera que 

quisieran hacernos ver y que

nos contaban con historias que 

olían a asquerosas mentiras que

 nosotros ya nos conocíamos… Y qué.

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Luego vinieron a arder y pudimos reír desde aquí.

A.-

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Todos nuestros miedos y monstruos quedaron afuera… Tomaron unas copas y, con la mañana, olvidaron venirnos a buscar; vía libre de nerviosos e inquietos pulsos que buscan y, día tras día, creen encontrar. 

A.-

Cualquier distancia se nos quedará corta

Mi verano comenzaba en un coche, atravesábamos el país de sur a norte y mi cara seguía siendo la de una niña mirando el paisaje. Empezaba en ese momento mi verano de expediciones y aprendizajes, de convivencia e idiomas raros. Más tarde, pasaría 25 horas en un autobús rumbo a Francia para terminar mi verano en un avión a Estambul: para mí la ciudad del caos. Y a medida que salgo y entro en mi tierra, el mundo se me estrecha. Ya no quedan tan lejanas las noticias que escucho sobre los yihadistas, ni el ébola, ni las bombas en Asia, ni la pobreza en el sur del mundo. Y me aterra. La vida era mucho más cómoda cuando éramos pequeños, inocentes y con nuestras ventanas echadas.

He aprendido mucho en estos últimos meses, entre ello que nos encanta hablar pero qué poco decimos, que la convivencia será fácil mientras pongamos de nuestra parte, que el idioma no es una barrera para sacarle una sonrisa a alguien y que el respeto no es un ideal utópico aunque pocas veces lo hemos puesto en práctica.

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Peregrinos

Desde hace unos años, el 31 de julio para mí no puede pasar desapercibido. Día de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Fiel peregrino de palabra y acción que puso cada uno de sus actos a la voluntad del Grande. Ignacio, una figura que siempre enseña y acerca. ¡Eternamente agradecida!

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“En todo amar y servir”

A.-